MAMÁ, QUIERO SER ACTIVISTA

23 Oct

Publicado parcialmente en el blog 3500 millones del diario EL PAIS, el 22 de octubre de 2013

Este mes hace un año de la publicación del “Mama, quiero ser cooperante”, un libro que pretende describir de la forma más objetiva posible el trabajo de los cooperantes, a la vez que vierte una crítica constructiva a medio camino entre los que piensan que todo esto es una mentira y los que creen que, aunque no es perfecta, la cooperación internacional es la mejor herramienta para luchar contra las desigualdades del planeta. En este análisis, y aunque se hace referencia a ello a lo largo del libro, hay un factor que quizás debiera haber destacado con más ahínco, pues conforma uno de los grandes problemas de la cooperación actual: la falta de activismo, la tibieza en la lucha por verdaderos cambios.

En los primeros años del siglo XXI, recuerdo haber escuchado a representantes de ONG de muchas nacionalidades un lema que quizás haya marcado la dirección de la cooperación en la última década: “durante muchos años hemos luchado con el corazón, ahora nos toca hacerlo con la cabeza”.

Detrás de esa lucha con la cabeza se erigió una profesionalización del sector. Directores ejecutivos provenientes de otros sectores se asentaron como líderes de muchas ONG. El énfasis se puso en la dirección estratégica de la organización, en planes directores y en posicionar a las organizaciones en el mercado de las donaciones ­para lograr un crecimiento que permitiese una mayor eficacia de los programas. Se cambió la mochila por el traje y los departamentos de recursos humanos prefirieron a aquellos con buenos masters. Y esto no debiera haber sido malo, si no fuera porque en la transformación se olvidó el corazón.

El corazón se siguió utilizando en los campañas de recaudación de donaciones, claro. Pero en los programas, muchas ONG se convirtieron en organizaciones de excelencia técnica capaces de ejecutar proyectos técnicos… con un fin social, sí, pero que no las diferenciaba mucho de otras empresas o de la administración pública que —desgraciadamente— en muchos casos sustituían.

Hoy en día, en una época de transformaciones profundas en todos los ámbitos, a nadie se le escapa que la cooperación internacional debe hacer mucho más para provocar cambios. Así, cada vez se oye más hablar de incidencia política, de advocacy, de cambo político y social…, pero el problema continuará mientras el corazón no vuelva a tomar el timón, acompañado de la cabeza, sí, pero con todos y cada uno de los miembros de las organizaciones creyéndose que el cambio es posible, y comprometiéndose profesional y personalmente con ello.

Ahora esto no es así. Lo habitual es que, por ejemplo, alguien que esté trabajando en una campaña de denuncia de las políticas de las multinacionales de refrescos, al terminar su jornada disfrute bebiendo el más conocido refresco de cola. O peor, que la organización que lleva a cabo esa campaña tenga una máquina expendedora en su oficina… Son ejemplos nimios, lo sé; pero significativos.

Es muy difícil ser coherente, pero con la profesionalización del sector se fue construyendo una barrera entre el compromiso laboral —que suele ser altísimo— y el compromiso personal —que depende de cada uno, pero que no suele ser tan fuerte—. El otro día escuchaba a una trabajadora de una ONG decir que el compromiso personal comienza al aceptar trabajar en una organización que no le va a pagar un sueldo tan alto como si estuviese en la empresa privada. Quizás eso algún día fue cierto y puede que aún lo sea en algunos casos, pero ya no tiene mucha base: si no trabajas para esa ONG —normalmente cobrando un sueldo bastante decente— tienes más probabilidades de estar en la cola del paro, emigrando a otro país o recibiendo 600 euros al mes por cualquier trabajo temporal. Así que lo del sueldo a mí no me vale. Es una opción profesional más, con sus baremo salarial, como cualquier otra.

Ni siquiera los trabajadores y organizaciones locales con las que se trabaja en los países en desarrollo suelen tener un deseo de cambio bien aguerrido. Están ahí porque es su trabajo o porque consiguieron fondos para montar una organización con la que viven. ¿Y la pasión por el cambio? A veces la hay, pero no es lo más frecuente.

Y entonces, ¿cuál es la salida? Está claro que la cooperación al desarrollo solo tiene sentido si va acompañada de una acción de cambio pero, ¿cómo se conseguirá que el activismo real, el apasionado, el que lucha con el corazón y con el compromiso, vuelva a escena? Ese que se puede ver en otros ámbitos: el que caracterizó al 15M, el que se ve en la plataforma antidesahucios, el que lucha porque la sanidad pública lo siga siendo, el de aquellos que ponen todo su empeño para conseguir algo en lo que creen. Este activismo, de momento, en la cooperación internacional, está lejano.

Siempre he creído que el futuro de la cooperación internacional pasa por la creación de una red de personas norte-sur, sur-norte y este-oeste. Una red que consiga apoyarse para lograr cambios tanto local como globalmente. Una red flexible en la que las agendas vengan marcadas por aquellos que luchan, personalmente, por unos cambios tangibles. Una red que gire alrededor de las personas activistas.

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